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viernes, diciembre 14, 2007

Cine, cine y más cine.


“Al cine va uno a divertirse” es la razón que arguye la mayoría de las personas que asisten a las salas de cine en todo el mundo, pero basta con buscar en Internet el título de una película y nos sorprenderá cuántas páginas y foros existen acerca de esa película. Foros en los que se vierten opiniones –y reflexiones- que muestran que la gente no sólo va a divertirse, a “ver” una película, que, si es buena, deja huella siempre. Positiva o negativa, mayor o menor, pero deja un rastro distinto en cada persona. Ahora bien, hay un tipo de cine que no exige reflexión, así como hay personas que van al cine a “no pensar”. Sin embargo, ante una película que supone un público pensante, esas personas que no van “a pensar”, terminan expresando desagrado ante esa exigencia.

Este blog está dirigido a quienes, además de divertirse, no tienen miedo de pensar... en el cine.

martes, diciembre 19, 2006

El secreto de Navidad.


Se acerca una de las épocas más entrañables del año. Días de familia y de amigos. De desorden y ajetreo: de descanso y de cansancio.


Pasar una Navidad entrañable no puede depender de "los otros".


Después de varias Navidades, le pregunté a mi esposo cuál era su secreto para que pasáramos unos días inolvidables. Me contó que unos años atrás, un ingeniero libanés le preguntó: "¿Quieres pasar la mejor Navidad de tu vida? Si estás de viaje, piensa que no vas a conocer ni a pasear. No pienses en comprar y no esperes que te compren o regalen algo. No pienses sólo en divertirte. Logra que tu esposa y tus hijas descansen, rían y hablen. Haz que se diviertan y vean una buena película. Si quieres y puedes, regálales algo sencillo, pero diles, principalmente con obras, con amor, que las quieres".


Si no eres cristiano, esto es suficiente. Si eres cristiano, lo anterior es necesario, pero falta lo más importante: recuerda que ese Niñito es quien te dio todo ¡Todo lo bueno que eres y tienes! La mayor alegría está en hacer lo que hizo Él: hacernos pequeños, sencillos y humildes, para darles lo mejor a "los otros".


La decisión de uno solo ha convertido las Navidades en días de verdadera fiesta.


A todos les deseo una muy Feliz Navidad y Año Nuevo... y nos vemos el 7 de enero de 2008.

lunes, octubre 16, 2006

Querido Dios...

Hace tiempo que quería escribirte para preguntarte muchas cosas y, la verdad, no me animaba. Todavía hoy mientras te escribo pienso que me pasará contigo lo mismo que con todos los adultos: no tienen respuestas para nosotros los niños, lo más que hacen es explicarnos con palabras muy complicadas algo que no les preguntamos. En fin, espero que resulte y tu puedas contestarme todas las preguntas que brincan en mi cabeza durante las noches. Porque has de saber que, después de que me mandan a dormir, leo un rato y cuando oigo que se acercan los pasos de mamá o papá para apagar mi lamparita, cierro los ojos –no el libro-, si están de buen humor, me dan un beso y me quitan el libro de las manos, si no, apagan la luz. Y ahí comienza el asalto: preguntas sin respuestas entre los ruidos de la noche, las gotas de lluvia que veo a través de la ventana y las delgadas cortinas que dejan pasar la luz de la luna o la oscuridad de la noche, que a veces es larga, larga como el túnel que pasa por debajo de los Alpes, cerca de Turín. Silenciosa, inquietante y densa. ¿Por qué la noche es tan deliciosa y a la vez tan inquietante? ¿por qué llega a mi ventana el ruido lejano de la música, mezclado con las sirenas de las ambulancias o patrullas de policía en medio del silencio?

En realidad esas no son las preguntas más importantes. Pero antes, déjame decirte algo: se que estás muy ocupado con tantas cosas que pasan y tienes que resolver. Mi abuela me ha dicho que tu siempre estás cuidando a los que sufren, a los que están en peligro, a los enfermos y a los niños, así que, si mi papá esta muy ocupado siempre con su trabajo y él sólo tiene a su cargo una empresa, no te preocupes, me imagino que tu tendrás más trabajo que él, así que no seré desesperado con las respuestas. Te escribiré todas las que me acuerde y, hasta que termine, te mandaré la carta para que te tomes todo el tiempo que necesites para contestarla. Y mientras tú piensas las respuestas, puedo ponerme a jugar.

Hace unos días fui a la tienda con mamá en el automóvil y, como ya soy grande, me pidió que me bajara a comprar leche. Me dio dinero y me dijo que pidiera la leche. Un señor grandote estaba pagando y una señora con un bebé en los brazos esperaba a que la atendieran. Mientras esperaba mi turno detrás de la señora con el bebé, escuché gritos y carcajadas y muchas palabras que a mis papás no les gustaría oírme. Eran dos estudiantes, me lo imagino porque llevaban libros y cuadernos. Atrás de ellos, entró un señor con un bastón y se alejó de los muchachos. La señora con el bebé salió y el señor de la tienda preguntó a los jóvenes qué querían. Le pidieron dos cervezas. Se las dio, pagaron y se fueron. El anciano se acercó al mostrador y pidió unos cigarros. De pronto, escuché que mi mamá me preguntaba desde el auto si tardaría más. Le contesté que no sabía. Cuando me asomé a contestarle a mi mamá, había entrado una señora con su hija y estaba adelante de mí. Mamá bajó del auto y me dijo que tenía prisa por llegar a la casa. Tomó el dinero de mis manos y pidió la leche al tendero. En la noche, cuando ya había cerrado mi libro me preguntaba lo que te pregunto hoy: ¿Por qué a veces los niños somos invisibles? ¿Por qué el señor de la tienda pudo ver a todos menos a mi?

domingo, septiembre 24, 2006

Las reflexiones de una gemela...


La urgencia de responder a la milenaria pregunta quién soy, es más apremiante siendo gemela. Hasta los 15 años, mi hermana gemela y yo habíamos compartido todo: el mismo espacio y tiempo en el vientre materno; la misma habitación y salón de clases. Edad, estatura, tono de voz y expresiones semejantes. Familia y amigos comunes. Pasatiempos compartidos. Yo no tenía cumpleaños, teníamos cumpleaños. ¿Quién soy? Me preguntaba entonces. ¿El resultado del amor entre dos personas? ¿La síntesis de un cúmulo de uniones ancestrales? ¿O un error de la naturaleza que separó una célula un instante antes de la división celular y el ser “iguales” nos hacía “diferentes”? Estaba claro que era “una de dos”. De distintas maneras nos lo habían dicho siempre: cuatas, gemelas, las dos, ese par. Con más cariño, con enojo o distraídamente, pero siempre fuimos “una de dos”. Todo compartido, doble, pero cada una éramos una sola. Nos dábamos cuenta de que, por muy parecidas que fuéramos a los ojos de todos, éramos completamente diferentes. Lo sentíamos y lo sabíamos: nuestros sueños, pensamientos y carácter eran indiscutiblemente distintos. La clave estaba en nuestro interior, aquello que la gente no veía. Aún compartiendo la mayor parte de nuestra cadena de ADN, cada una era una. El parecido interior entre nosotras era el mismo que con un chino, un africano o un nórdico: todo y nada. Un algo común: lo que nos hace ser personas; si bien, cada una única y cada uno un fin en sí mismo. Todo y nada en común. Éramos más que dos mejores amigas: nos contábamos todo y nos conocíamos mejor que a nosotras mismas, aunque en el fondo sabíamos que nuestros caminos, tarde o temprano, tomarían rumbos distintos. No lo habíamos elegido pero lo asumíamos con gusto. Nuestra condición de gemelas nos hacía exigir ser tratadas de manera diferente, pero siempre como personas.